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lunes 12 de octubre de 2009

Diario de Jennifer - Cap 32

Nuevo capituloo!!!

Querido diario:

Aquí al habla una chica de diecisiete años ¡si! Se supone que cada año maduras más y los diecisiete… bueno, al año que viene son dieciocho y entonces si se te considera un adulto. Por lo que ahora yo ya soy medio adulta o algo así, aunque si mis padres se enterasen de lo que hecho, y ten por seguro que lo harán, me matarán. El mío será un bonito cadáver, joven, de diecisiete años.

Hay secretos que los padres no deben saber.

El 22 de mayo ha sido mi cumpleaños y, casualmente, también el de Derek. ¿Debería interpretar eso como una señal? Últimamente hay demasiadas.

En fin, que yo cumplí mis diecisiete años que me convertían en medio adulta, pero Derek resultó que se convirtió en adulto, cumpliendo dieciocho.

Me quedé de piedra cuando me lo dijo, ya me quedé en estado de shock cuando me contó que nuestros cumpleaños eran el mismo día, y cuando me dijo que era un año mayor porque repitió un curso… imagínate, y yo sin enterarme…

Como el 22 caía en sábado, tuvimos prácticamente todo el día pegados al culo a Jackie, no nos dejaba subir a nuestra habitación, estaban montando una superfiesta y no es que fueran especialmente discretos.

Por la mañana recibí dos paquetes.

El primero era de Wendy y Johanna, era una caja bastante abultada y estaba llena de cosas.

Lo primero que saqué fue la púa de una guitarra y unas cuantas partituras con canciones que me encantaban. Pensé que me iban a regalar una guitarra por fascículos o algo así, siempre había querido tener una guitarra eléctrica, pero junto a esto había una nota:

“No Jennifer, no te vamos a regalar una guitarra, lo sentimos mucho, pero sigue soñando. Esto es para que te acuerdes de seguir insistiendo a tus padres para que te compren una. ¡Suerte!”

Que graciosas, me encanta el sentido de humor de mis amigas.

Dentro de la caja también había una colonia, un abrigo largo y un collar. Había dicho que quería todo aquello en Navidades cuando pasábamos por los escaparates, ¡Y me lo habían comprado entonces! Son un cielo.

A continuación abrí el de mis padres. Había algo de dinero (lo cual no me viene pero que nada mal), algunos discos que quería desde hace tiempo y ¡un móvil nuevo! Derek me había arreglado el móvil, pero no había vuelto a ser el de antes. Procuraré controlar mejor mis nervios cuando tenga el móvil cerca.

Desde luego que no me podía quejar. Pero Derek mucho menos.

Su regalo era impresionante, ¡una moto!

Me quedé pasmada nada más verla, al igual que él y que nuestra guardaespaldas, Jackie.

Su (medio) tío había venido a llevarla por la mañana y ahí la tenía ahora, toda suya.

Suerte que tiene carnet, a diferencia de Erich... Hablando de Erich, también me hizo un regalo, unos pendientes, preciosos también.

Nos montaron un fiestón, bueno, dentro de lo posible en una habitación de internado.

Globos, serpentinas, comida (robada), bebidas (robadas) y vino (robado/comprado honradamente), algunos debían de tener la mitad de una bodega debajo de sus camas.

Nos lo pasamos genial y la habitación y sus alrededores estaban a reventar. Es divertido tratar de hacer una fiesta en silencio… y muy difícil, créeme, hubo un par de veces que casi nos pillaron. Cuando ya había unos cuantos borrachos en nuestra habitación, nos fuimos fuera y nos dieron nuestros regalos, a parte de la fiesta, a Derek y a mi. A mi me habían comprado una pulsera que me hacía juego con los pendientes de Erich ¿Casualidad? Seguro que si, no les veo yo juntándose a debatir sobre comprarme una pulsera con unos pendientes a juego. A Derek le regalaron algo de ropa, ya sabes, la típica chaqueta de cuero y esas cosas para lucir en su flamante moto nueva.

Volvimos dentro y cuando el número de bolingas se triplicó, Derek y yo salimos a los jardines a dar una vuelta.

- ¿Qué se siente al tener casi dieciocho? – preguntó Derek.

- ¿Ya lo has olvidado tan pronto?

- No, es que me gusta picarte.

- Eso lo explica todo – dijo Jennifer - ¿Y qué se siente al tenerlos?

- Oh, pues nada en especial. Solo que puedes hacer lo que te de la gana y cuando te de la gana en tu moto nueva.

- Que idiota eres – rió Jennifer.

- Es parte de mi encanto.

- ¿Y qué vas a hacer ahora que puedes hacer lo que quieras y cuando quieras?

- No lo sé. Alguna tontería estaría bien.

- ¿Cómo cual?

- Tal vez… - dijo pensativo – Un tatuaje.

- ¿Un tatuaje?

- Si, por qué no.

- Tal vez porque no te lo puedes quitar si no te gusta, porque lo tendrás contigo para toda la vida…

- Si, esa es la diferencia más notable ente tatuaje y calcomanía.

- Ignorando tu comentario, me gustan los tatuajes – dijo Jennifer – Me haré uno algún día.

- ¿Algún día? ¿Por qué no hoy?

- Estás de broma…

- No lo estoy, ¿nunca has querido hacer una tontería así?

- Si, pero un tatuaje no se va frotando con la esponja al día siguiente. Y mis padres, ¿qué les digo a mis padres si se enteran?

- Que Derek te obligó a hacértelo.

- ¡Derek! No estoy de broma, te estoy hablando muy en serio.

- ¿Crees que estaba hablando en broma? Te obligaré si es necesario. ¿Vamos?

- Si me sigues insistiendo al final acabaré yendo.

- ¡Pues vamos! – dijo Derek cogiéndola de la mano y echando a correr.

- ¿Pero a dónde? – preguntó Jennifer mientras corría junto a él.

- Al pueblo. Se de un sitio donde hacen tatuajes.

- Oh, o sea que tenías esto planeado desde el principio.

- Solo desde hace cinco minutos, si no, no sería una tontería.

Llegaron a la parte del parking donde estaba la moto roja de Derek y se detuvieron, Derek se puso su caso y le tendió a ella el otro.

- Lo increíble es que lo dices en serio.

- Pues claro – dijo Derek - ¿Vamos?

- ¡Vamos! – dijo Jennifer cogiendo el casco y montando en la moto – Pero date prisa o me echaré atrás.

- Estaremos allí en un momento – dijo Derek dando gas a la moto y poniéndose en marcha.

Está genial eso de hacer lo que quieras… cuando quieras… revelarse contra la autoridad… hacer algo que sabes que está prohibido… Claro que un cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo.

Llegamos a la tienda sobre las tres de la mañana, era uno de los pocos establecimientos que estaban abiertos a aquellas horas a excepción de las terrazas y los restaurantes.

La tienda por fuera no parecía gran cosa, como todas las tiendas de tatuajes, pequeñas y oscuras, por dentro el sitio parecía limpio. Había diseños de tatuajes colgados por las paredes de la recepción y al lado del mostrador una puerta que daba a la sala donde se hacían los tatuajes.

Nos acercamos al mostrador, donde había un hombre de unos treinta y pocos años, tatuado (literalmente) de pies a cabeza.

- Hola chicos, ¿en qué os puedo ayudar?

- Queríamos hacernos unos tatuajes – dijo Derek.

- De acuerdo. ¿Y tu monada? – dijo refiriéndose a Jennifer – ¿Un piercing tal vez?

- Ella lo mismo que yo – dijo Derek.

- De acuerdo. Esperadme que voy a por unos papeles – dijo desapareciendo por la puerta de al lado del mostrador.

- ¿Cómo que monada? – dijo Jennifer molesta – Y tú estas pidiendo unos tatuajes como si estuvieses en un bar pidiendo dos coca colas.

- ¿Te echas atrás?

- ¡Claro que no!

- ¿Entonces qué te pica?

- Me irrita ese hombre, monada…

Derek puso los ojos en blanco y se giró hacia el mostrador donde apareció el hombre con un par de papeles.

- Necesito que me firméis aquí, aquí y aquí – dijo señalando en el papel – Es un royo burocrático, solo para saber si lo autorizáis y esas cosas. Y… tú eres menor de edad, ¿no es así monada? – dijo mirando de nuevo a Jennifer.

- Si, lo es – dijo Derek adelantándose a Jennifer; ésta había echo ademán de decirle algo pero se contuvo al notar que Derek le dio un apretón en la mano - ¿Es un problema?

- No – dijo el hombre sin dudarlo un momento.

Vamos, que me sugirieron así, como el que no quiere la cosa, que falsificase la firma de mis padres en la autorización porque era menor. Y eso hice, aunque odiase a ese hombre con el que no había pasado ni diez minutos, no había llegado hasta allí para echarme atrás.

No he hecho una tontería más grande en toda mi vida, y eso que he hecho muchas.

Derek y yo decidimos tatuarnos tres pequeñas notas musicales, él en la muñeca y yo detrás de la oreja, así al menos no se verían tanto…

Dolió, y mucho, pero mereció la pena. Voy a omitir la parte en el que mi amigo el tatuador se pasó el rato contándome su vida y llamándome “monada” cada dos por tres.

Volvimos justo cuando acabó la fiesta. La habitación ya se estaba despejando y yo me tiré en la cama sin pensármelo dos veces, sin recoger nada, ni cruzar palabra con nadie. Ella y Jackie estaban agotadas e hicieron lo mismo, sin siquiera preguntar por la gasa que tenía en el lugar donde me había echo el tatuaje.

- Buenas noches chicas – dijo Jennifer con la cara hundida en la almohada.

- Buenas noches – dijeron apagando la luz.

- Y gracias por la fiesta.

- De nada – dijo Ella – Ya nos explicarás mañana qué has estado haciendo durante estas tres horas con Derek y qué es lo que tienes ahí pegado al cuello. Buenas noches.

Hoy me he despertado viendo las estrellas. Los tatuajes duelen.

Jennifer, 23 de Mayo de 2007.


1 regalos:

PunkyPinky dijo...

****_**** mee encanta!!! ya sabes, siguee!! xDD

Que malaa...acerseun tatuaje... ussshh... mmm... Erich o Derek?? ^-^ jaja que se quede con los dos!!! xDD la verdad que si yo fuera ellos no aguantaria... xDD

Besos!!